La inteligencia artificial ha creado un problema real: hoy una imagen, una voz o un video pueden parecer auténticos sin serlo. Las religiones no están fuera de ese problema. Sus miembros también tienen que decidir qué fuentes creer, qué información verificar y cómo reaccionar cuando aparece contenido que contradice lo que oyen dentro de su comunidad.
En septiembre de 2026 encontré una coincidencia llamativa. Tanto los Testigos de Jehová como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días publicaron materiales sobre desinformación, inteligencia artificial y fuentes confiables. Los dos reconocen el mismo peligro. Pero al compararlos aparece una pregunta más profunda: ¿verificar información significa aprender a comprobarla, o aprender de antemano qué autoridad merece nuestra confianza?
La IA vuelve más importante una pregunta antigua: ¿cómo sabes que algo es verdad?
Los deepfakes hacen que una intuición que antes parecía razonable deje de ser suficiente. “Lo vi con mis propios ojos” ya no garantiza que algo haya ocurrido. Una voz puede sintetizarse. Una fotografía puede generarse desde cero. Un fragmento de video puede editarse para alterar su contexto.
En ese escenario, desconfiar de todo sería tan problemático como creer cualquier cosa. Necesitamos criterios. Y ahí es donde las respuestas de distintas instituciones religiosas resultan interesantes: cada una enseña a sus miembros no solo qué información es peligrosa, sino también qué fuentes consideran más seguras.
Los mormones: comprobar fuentes, contexto y motivo
La revista Liahona publicó en septiembre de 2026 el artículo “Recognizing Truth in a World of Misinformation”. El texto habla directamente de imágenes, voces y videos creados con inteligencia artificial y ofrece varias recomendaciones para no caer en engaños.
Una de las secciones más interesantes aconseja buscar y comprobar las fuentes: preguntar de dónde viene una afirmación, si las fuentes citadas realmente dicen lo que el contenido les atribuye, qué ocurrió antes y después de un video y qué motivo tiene quien comunica. Incluso advierte que debemos ser especialmente cuidadosos con información que confirma nuestras opiniones.
El mismo artículo añade otra recomendación: seguir canales oficiales de la Iglesia para confirmar anuncios sobre sus líderes o cambios internos. Esa sugerencia tiene sentido para una pregunta específica. Si queremos saber qué afirma oficialmente una institución, su comunicado oficial es una fuente primaria.
Pero aquí aparece una distinción epistemológica importante: una fuente oficial puede ser la mejor fuente para saber qué dice una organización. Eso no significa automáticamente que sea una fuente independiente para demostrar que lo que la organización dice sobre sí misma es verdadero.
Los Testigos de Jehová y la confianza en la fuente
En el material de los Testigos de Jehová que analizo en el episodio aparece la misma preocupación general: contenido manipulado, videos falsos y el riesgo de que nuevas tecnologías hagan más difícil distinguir información real de material fabricado. A la fecha de publicación de este artículo, el JW Broadcasting de septiembre de 2026 continúa listado en la videoteca oficial de JW.org.
La preocupación es legítima. Sería irresponsable asumir que un video es auténtico solo porque confirma algo negativo que ya queremos creer sobre una religión. Una crítica seria debería comprobar el origen del material, localizar la fuente completa y distinguir entre documentos oficiales, filtraciones verificadas, comentarios anónimos y contenido fabricado.
El problema comienza cuando la solución a la desinformación se convierte en una regla circular: “sabemos que nuestra autoridad es confiable porque nuestra autoridad nos dice cuáles fuentes son confiables”. Esa regla puede protegernos de falsificaciones externas, pero también puede dificultar la detección de errores internos.
Una fuente oficial responde una pregunta. No todas.
Pregunta 1: “¿Qué enseña oficialmente esta religión?” → La fuente institucional es primaria y muy útil.
Pregunta 2: “¿Es verdadera esta afirmación histórica, médica o científica?” → Conviene comparar la fuente institucional con evidencia independiente y especializada.
Pregunta 3: “¿La institución describió correctamente su propia historia?” → Necesitamos documentos contemporáneos, archivos y fuentes que puedan contrastarse entre sí.
Mismo problema, respuestas que revelan cómo se entiende la autoridad
No estoy diciendo que los Testigos de Jehová y los mormones sean equivalentes. Tienen historias, doctrinas y estructuras de autoridad diferentes. La comparación sirve para observar cómo dos comunidades religiosas enfrentan un problema moderno: la dificultad creciente para autenticar información.
En ambos casos encontramos una combinación de herramientas razonables —comprobar procedencia, desconfiar de material aislado, confirmar anuncios— y una dimensión religiosa adicional: la confianza en líderes o canales que la comunidad entiende como autorizados por Dios.
La pregunta interesante no es “¿debería existir autoridad?”. Todos dependemos de autoridades. Yo confío en médicos para cuestiones médicas, ingenieros para estructuras y especialistas para asuntos que no puedo dominar personalmente. La diferencia está entre confianza e inmunidad a la revisión.
Confiar no significa renunciar a comprobar
Una autoridad competente merece más peso cuando puede mostrar buenas razones, documentación, experiencia relevante y disposición a corregirse. La confianza se fortalece cuando sabemos cómo podría detectarse un error y qué ocurriría después de encontrarlo.
En cambio, una autoridad se vuelve epistemológicamente peligrosa cuando toda evidencia favorable confirma su fiabilidad y toda evidencia contraria se descarta por venir de una fuente “enemiga”, “apóstata”, “engañada” o “no oficial”. Una estructura así puede convertir la lealtad en un filtro previo a la investigación.
Ese mecanismo fue importante en mi propia experiencia como Testigo de Jehová. Durante años no sentía que me hubieran prohibido investigar. Yo creía que investigaba. Solo que las fuentes confiables ya estaban definidas antes de empezar. Cuando algo externo contradecía a la organización, mi primera sospecha no recaía sobre la doctrina, sino sobre la fuente.
Ese es un punto difícil de detectar desde dentro porque no se siente como censura. Se siente como prudencia. Se siente como evitar información contaminada. Se siente como proteger la fe.
La inteligencia artificial no debería reducir nuestros estándares de evidencia
Hay una ironía en el momento actual. Cuanto más fácil es fabricar evidencia falsa, más tentador puede ser encerrarnos en comunidades informativas cerradas. Pero quizá deberíamos hacer lo contrario: desarrollar mejores hábitos de verificación.
Si aparece un video sorprendente, buscar la versión original. Si alguien cita una publicación, abrirla y leer el contexto. Si una institución habla de su propia historia, comparar la descripción actual con documentos publicados en la época. Si una acusación viene de un crítico, comprobar si sus fuentes sostienen lo que afirma. Y si una afirmación favorece nuestra posición, someterla al mismo estándar que exigiríamos a la posición contraria.
Ese método no garantiza que nunca nos engañen. Ningún método puede hacerlo. Pero reduce una vulnerabilidad importante: dejar que nuestra identidad decida por adelantado qué evidencia puede entrar en la conversación.
La fuente oficial importa, pero no debe ser la única
Una fuente oficial es indispensable para saber qué afirma oficialmente una institución. Si quiero saber qué dicen hoy los Testigos de Jehová sobre la sangre, debo leer JW.org. Si quiero saber qué anunció la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, debo revisar sus canales oficiales.
Pero si quiero saber si una afirmación histórica es exacta, si una interpretación científica se sostiene o si una descripción del pasado fue completa, necesito más. Archivos. Fuentes contemporáneas. Especialistas independientes. Versiones anteriores. Documentos que no dependan de que la conclusión ya esté decidida.
Por eso la IA no cambia la pregunta fundamental. Solo la vuelve más urgente: ¿cómo distinguimos entre una fuente que nos informa y una fuente que también nos pide confiar en ella?
Cuatro preguntas para comprobar sin volvernos cínicos
- ¿Cuál es la fuente primaria? Antes de discutir una captura o un clip, localiza el material original.
- ¿La fuente tiene competencia para responder esta pregunta? Una iglesia puede explicar su doctrina; una afirmación médica necesita evidencia médica.
- ¿Existe confirmación independiente? Cuanto más importante sea la afirmación, más útil resulta comparar fuentes que no dependan unas de otras.
- ¿Aplicaría el mismo estándar si la información favoreciera al otro lado? Si solo verificamos lo que nos incomoda, seguimos siendo vulnerables al sesgo de confirmación.
El peligro de la IA no es únicamente que podamos creer algo falso. También es que el miedo a creer algo falso nos lleve a entregar a otra persona la responsabilidad completa de decidir qué puede ser verdadero. Entre credulidad y obediencia informativa existe una tercera opción: confianza crítica.

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