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¿Realmente elegimos lo que creemos? La diferencia entre decidir investigar y decidir creer

Prueba algo durante cinco segundos: decide creer sinceramente que estás en Marte. No imaginar que estás allí. No decirlo en voz alta ni actuar como si fuera verdad. Intenta que esa idea te parezca realmente verdadera, ahora mismo.

Lo más probable es que no puedas hacerlo. Puedes elegir pronunciar la frase, investigar el planeta o imaginar su superficie. Pero no parece posible ordenar a tu mente que convierta de inmediato una afirmación que consideras falsa en una convicción genuina. Esa pequeña experiencia abre una pregunta menos sencilla de lo que parece: ¿realmente elegimos lo que creemos?

La pregunta importa especialmente cuando hablamos de religión. Una persona puede desear intensamente conservar su fe y descubrir que una enseñanza ya no le convence. Otra puede querer sentirse creyente y no conseguirlo. Y también puede ocurrir lo contrario: alguien puede encontrar razones que lo llevan a adoptar una convicción que antes rechazaba. Entre el deseo, la decisión y la convicción hay una distancia que vale la pena examinar.

En el Podcast 01 de Después de la certeza desarrollo esta pregunta desde la psicología, la filosofía y mi propia experiencia de haber cambiado de opinión.

Cuatro cosas que solemos confundir cuando hablamos de creer

Decir que alguien “elige creer” puede referirse a situaciones distintas. Por ejemplo: querer que una idea sea verdadera, afirmar que lo es, actuar como si lo fuera y estar convencido de que lo es. No son la misma actividad. Se puede desear una buena noticia sin considerarla probable; repetir una frase por cortesía sin creerla; o cumplir una práctica religiosa por respeto familiar aunque la convicción interior haya cambiado.

Imagina que una amiga te cuenta que un resultado médico saldrá bien. Puedes desearlo con toda tu fuerza y comportarte con esperanza para acompañarla. Eso no equivale a poder encender o apagar a voluntad la creencia sobre lo que mostrará el resultado. El deseo y la evidencia pueden apuntar en direcciones diferentes sin que la persona sea hipócrita.

Esta distinción evita también un error frecuente: interpretar cada conducta pública como una fotografía transparente de la mente. Quien sigue asistiendo a reuniones religiosas puede hacerlo por fe, por vínculos, por obligaciones o por una mezcla de motivos. Su comportamiento no nos permite saber automáticamente qué considera verdadero. Ese conflicto aparece en personas que viven una vida pública y otra privada.

UNA DISTINCIÓN

El interruptor y el camino

Una acción sencilla puede parecerse a un interruptor: decides levantar la mano y la levantas. Una convicción se parece más a un camino: puedes escoger caminar, consultar un mapa, detenerte y mirar otras rutas, pero no siempre elegir exactamente qué paisaje encontrarás al girar la próxima esquina.

Que no controlemos cada resultado de nuestra investigación no vuelve irrelevantes las decisiones que tomamos durante el recorrido.

¿Se puede creer por decisión? La diferencia entre control directo e indirecto

La filosofía llama voluntarismo doxástico al debate sobre hasta qué punto las creencias están bajo nuestro control voluntario. Una versión fuerte sostiene que podríamos adquirir ciertas creencias mediante una decisión inmediata. Otras posiciones niegan ese control directo, pero reconocen que podemos influir en lo que llegamos a creer por medios indirectos: atendiendo a pruebas, conversando, leyendo y revisando nuestras razones.

No hay que presentar el problema como un consenso absoluto: las posiciones filosóficas son distintas, sobre todo cuando la evidencia es ambigua y cuando hablamos de grados de confianza en vez de convicciones tajantes. La Stanford Encyclopedia of Philosophy explica precisamente esas diferencias. La conclusión práctica que aquí me interesa es más modesta: no podemos suponer que una persona puede escoger cualquier convicción del mismo modo en que escoge una camisa.

Hay elecciones relevantes incluso si la convicción final no aparece cuando se la ordenamos. Podemos decidir si abrimos un libro, qué fuentes consideramos fiables, si escuchamos a alguien que discrepa o si examinamos un dato que amenaza nuestra postura. Son decisiones sobre las condiciones en las que pensamos, no un mando a distancia de la mente.

El primer libro secular que escogí leer

Crecí dentro de los Testigos de Jehová, donde decir que alguien había “nacido en la verdad” era una expresión habitual. Desde dentro no sonaba como una declaración filosófica; era el nombre de mi mundo. La religión estaba entrelazada con mi familia, mis amigos, mis planes y mi idea de quién debía ser. Por eso, una pregunta religiosa podía sentirse como algo más grande que revisar una afirmación: podía parecer que todo mi mundo entraba en discusión.

Mirando hacia atrás, recuerdo una decisión pequeña que tuvo importancia para mí. La hipótesis de la felicidad, de Jonathan Haidt, fue el primer libro secular que escogí leer por voluntad propia, más allá de los libros que antes había leído por tareas escolares o universitarias. No lo abrí como un plan secreto para dejar mi religión. Tampoco terminé el libro con una conversión repentina. Simplemente permití entrar en mi habitación mental una manera distinta de hacer preguntas sobre los seres humanos.

Haidt utiliza la imagen del jinete y el elefante: una parte reflexiva que intenta orientar y una enorme fuerza de intuiciones, hábitos y emociones que no se deja gobernar siempre de manera sencilla. Es una metáfora, no una prueba de que nadie pueda elegir ninguna creencia. Me sirvió para cuestionar una imagen que tenía de mí mismo: la de una mente que primero recibía evidencia con neutralidad y después emitía un veredicto.

Quizá muchas veces llegamos a una conclusión con ayuda de nuestras intuiciones y vínculos y solo después construimos argumentos para defenderla. Haidt estudió una dinámica relacionada en su propuesta sobre el juicio moral y la intuición social; ese trabajo no demuestra que todas las creencias religiosas funcionen igual. Pero la pregunta que me dejó es útil: ¿estoy razonando para averiguar o estoy razonando para proteger algo que ya siento mío?

El libro no decidió por mí qué creer. Lo que sí había decidido yo era abrirlo. Y esa elección cambió el tipo de conversaciones intelectuales a las que estaba dispuesto a exponerme.

Cuando una creencia sostiene algo más que una explicación

Hay convicciones que también funcionan como hogar. Organizan la relación con nuestros padres, el sentido de pertenencia, la esperanza de volver a ver a alguien y la idea de ser una buena persona. Cuando una de ellas se cuestiona, no solo se mueve una proposición: pueden temblar relaciones, rituales y recuerdos.

Por eso resulta insuficiente decirle a alguien “simplemente deja de creerlo” o, en dirección contraria, “simplemente ten más fe”. Una convicción puede cambiar mientras persisten los vínculos y las emociones asociadas. En el blog ya exploramos cómo la culpa religiosa puede sobrevivir a la creencia; no es una contradicción que alguien entienda un argumento y todavía sienta miedo o tristeza.

También es importante no convertir esta reflexión en un diagnóstico sobre todos los creyentes. Hay personas que estudian críticamente su tradición y permanecen en ella; otras revisan sus ideas y se marchan. El punto no es predecir la conclusión, sino reconocer que exigir a alguien una convicción determinada no equivale a darle razones suficientes para sostenerla.

La responsabilidad no consiste en fabricar una convicción a voluntad

Si no podemos decidir directamente qué nos resulta verdadero, ¿desaparece nuestra responsabilidad intelectual? No necesariamente. Podemos distinguir entre una emoción involuntaria, una conclusión que nos parece convincente y las prácticas con las que examinamos esa conclusión. Elegir no mirar nunca la evidencia contraria no es lo mismo que mirar con cuidado y, aun así, llegar a una conclusión diferente de la de otra persona.

En conversaciones difíciles sobre religión esta distinción puede cambiar el tono. En vez de preguntar “¿por qué no eliges creer?”, podríamos preguntar: “¿qué razones te convencen?”, “¿qué información te faltaría?” o “¿qué te haría revisar tu grado de confianza?”. Es una invitación a conversar sobre evidencia, no a presumir que conocemos las intenciones íntimas de alguien.

También nos devuelve una obligación hacia nosotros mismos: si una idea importa mucho, vale la pena examinar cómo seleccionamos la información que confirma lo que ya pensamos. Ninguno de nosotros está exento de ese mecanismo por pertenecer a una tradición, abandonarla o considerarse escéptico.

Tres decisiones que sí podemos practicar

  1. Escoger qué permitimos examinar. Leer una fuente primaria, escuchar una crítica bien formulada y comparar argumentos no obliga a llegar a una conclusión concreta. Amplía, al menos, lo que puede entrar en nuestra evaluación.
  2. Separar la identidad del resultado. Podemos reconocer que un dato nos incomoda sin tratar esa incomodidad como evidencia a favor o en contra. Un error no tiene por qué convertirse en un veredicto sobre toda nuestra persona.
  3. Explicitar condiciones de cambio. Antes de conocer un resultado, preguntarnos qué evidencia debilitaría nuestra postura nos ayuda a no convertir cualquier desenlace en una confirmación. Hemos desarrollado este ejercicio en ¿Qué evidencia me haría cambiar de opinión?.

Cambiar de opinión no siempre es una decisión instantánea

A veces creemos que una transformación intelectual debe tener una escena precisa: un argumento definitivo, una noche de revelación, una decisión tomada con toda seguridad. Mi experiencia fue más gradual. Hubo preguntas, lecturas y momentos en los que descubrí que una explicación ya no me convencía como antes. La conducta exterior y las emociones tardaron más en acomodarse.

La pregunta «¿realmente elegimos lo que creemos?» quizá no admita una respuesta universal y simple. Pero sí permite una conclusión útil para la vida cotidiana: no siempre elegimos la convicción que aparece, pero podemos asumir responsabilidad por la honestidad del proceso con el que la examinamos. Esa diferencia importa tanto cuando una persona conserva una fe como cuando la transforma o la pierde.

Tal vez no puedas decidir qué idea te convencerá mañana. Sí puedes decidir qué preguntas te permitirás hacer hoy.

Fuentes y lecturas


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Respuesta

  1. Avatar de ¿Puede existir una moral sin Dios? Dos preguntas que solemos confundir – DESPUÉS DE LA CERTEZA

    […] ¿Realmente elegimos lo que creemos? distinguimos entre querer una conclusión y encontrarla convincente. Con la moral ocurre algo […]

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