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Por qué personas inteligentes pueden creer cosas que no son ciertas

Ser inteligente ayuda a resolver problemas. No garantiza que siempre elijamos correctamente qué problemas resolver ni qué conclusiones defender.

Existe una explicación muy cómoda para las creencias equivocadas: pensar que son principalmente consecuencia de la ignorancia o de una capacidad intelectual limitada.

Si fuera así, bastaría con aumentar la educación, proporcionar más información o desarrollar mejores habilidades analíticas para que las personas terminaran llegando aproximadamente a las mismas conclusiones.

La realidad es bastante menos ordenada.

Personas brillantes pueden sostener ideas falsas, defenderlas con argumentos sofisticados e incluso utilizar su inteligencia para construir mejores justificaciones de una conclusión a la que llegaron originalmente por razones emocionales, sociales o identitarias.

Si prefieres explorar esta idea en formato audiovisual, desarrollé el tema también en este video de Después de la certeza.

Inteligencia no es lo mismo que neutralidad

La capacidad de analizar información puede ayudarnos enormemente a detectar errores.

Pero pensar analíticamente no ocurre en el vacío.

Llegamos a cada pregunta con experiencias previas, valores, relaciones, expectativas, miedos y lealtades.

Una investigación con más de 50.000 participantes de 16 países encontró una relación entre pensamiento analítico y cambios en las creencias religiosas, pero esos cambios no implicaban necesariamente una dirección única.

Ese detalle es importante.

Analizar más no significa automáticamente terminar siendo ateo, religioso, conservador, progresista o miembro de una determinada filosofía.

La pregunta interesante no es solamente:

“¿Qué tan inteligente es esta persona?”

sino:

“¿Qué está haciendo con su capacidad de razonar?”

DOS MODOS DE PENSAR

El abogado y el investigador

Imagina a dos personas igualmente inteligentes. A una le dicen: “Esta es la conclusión. Defiéndela.” A la otra: “No sabemos cuál es la conclusión. Averíguala.”

La primera puede convertirse en un excelente abogado. Buscará precedentes, encontrará inconsistencias en los argumentos contrarios, seleccionará evidencia favorable y desarrollará respuestas cada vez más sofisticadas. La segunda intentará investigar qué ocurrió, aunque lo que encuentre contradiga aquello que esperaba.

La misma inteligencia puede utilizarse para dos objetivos distintos: ganar el caso o descubrir qué pasó.

Y nosotros no siempre sabemos cuál de esos dos papeles estamos interpretando.

Cuando una conclusión protege algo más que una idea

Hay creencias cuya función no consiste solamente en describir el mundo.

También pueden decirnos quiénes somos, a qué comunidad pertenecemos, quiénes son las personas en las que confiamos, qué decisiones importantes de nuestra vida tuvieron sentido y qué futuro esperamos.

En esas condiciones, cambiar de opinión tiene un costo que no aparece en un examen de lógica.

Puede significar decepcionar a nuestra familia. Perder estatus. Reconocer años de inversión. Aceptar que alguien a quien admirábamos estaba equivocado. O descubrir que una parte importante de nuestra identidad estaba construida alrededor de algo que quizá no era cierto.

Ningún coeficiente intelectual elimina automáticamente esos costos.

Yo también sabía construir argumentos

Durante años yo mismo habría rechazado la idea de que mis creencias pudieran explicarse simplemente porque me faltaba información o porque no sabía pensar.

Estudiaba. Predicaba. Preparaba discursos. Leía publicaciones. Podía explicar doctrinas y construir argumentos para defender aquello que consideraba verdadero.

Y precisamente por eso, mirándolo ahora, esta pregunta me resulta mucho más interesante.

Mi problema no era que no razonara.

Razonaba dentro de un marco donde ciertas conclusiones ya estaban conectadas con mi familia, mi identidad, mi esperanza, mi moral y mi sentido de pertenencia.

Recuerdo incluso la sensación de alivio que podía producir una explicación oficial cuando conseguía cerrar una pregunta que me inquietaba.

El mundo volvía a encajar.

Eso no significa que estuviera fingiendo ni que conscientemente decidiera ignorar la verdad. Durante años defendí sinceramente la organización, prediqué, estudié y di discursos. También sé lo tranquilizador que podía ser encontrar una respuesta que permitiera conservar el mapa del mundo que ya tenía. Esa experiencia aparece también en La religión que amé.

Con el tiempo entendí algo incómodo:

ser bueno construyendo argumentos y ser bueno revisando nuestras propias conclusiones no son exactamente la misma habilidad.

La sofisticación también puede producir mejores excusas

Una persona con más recursos intelectuales puede detectar auténticos errores en las fuentes contrarias. Puede encontrar excepciones. Puede construir hipótesis alternativas. Puede localizar debilidades reales en un argumento.

Todo eso es valioso.

El problema aparece cuando esa capacidad se convierte en una armadura.

Imagina una creencia para la que ocurre lo siguiente:

  • Si aparece evidencia favorable: “Esto demuestra que teníamos razón.”
  • Si aparece evidencia contraria: “Está fuera de contexto.”
  • Si una predicción funciona: “Era exactamente lo que esperábamos.”
  • Si falla: “La interpretación necesitaba ajustarse.”
  • Si alguien está de acuerdo: “Ha investigado con mente abierta.”
  • Si alguien discrepa: “Seguramente tiene algún prejuicio.”

Una explicación así puede hacerse cada vez más sofisticada sin volverse necesariamente más verdadera.

Por eso una pregunta extremadamente útil es:

¿Podría este razonamiento haber terminado en otra conclusión?

Si la respuesta es no, quizá no estamos investigando.

Quizá estamos defendiendo.

Dos personas pueden investigar mucho y estar haciendo cosas diferentes

Imagina ahora a dos personas igualmente educadas investigando una afirmación religiosa.

La primera comienza preguntando:

“¿Cómo puedo demostrar que esto es correcto?”

La segunda:

“¿Qué tendría que encontrar para aumentar o reducir mi confianza en esto?”

Ambas pueden leer cien páginas. Ambas pueden consultar expertos. Ambas pueden tomar notas. Ambas pueden parecer extraordinariamente rigurosas.

Pero solo una de las preguntas contiene claramente una puerta de salida.

Y esa diferencia puede importar más que la cantidad de libros que cada una haya leído.

Tres señales de un pensamiento más abierto

  1. ¿Puedo describir qué me haría cambiar de opinión? No necesito saber de antemano qué terminaría creyendo, pero debería existir algún tipo de evidencia capaz de modificar mi nivel de confianza.
  2. ¿Puedo explicar correctamente la mejor versión de la posición contraria? Si mi descripción de quienes discrepan conmigo es tan pobre que ellos mismos no la reconocerían, probablemente todavía no he entendido su argumento.
  3. ¿Mi identidad puede sobrevivir a descubrir que estaba equivocado? Cambiar una idea no debería obligarnos a concluir que fuimos estúpidos, que toda nuestra vida fue una mentira o que las personas que amamos son idiotas.

Podemos reconocer que una creencia era falsa sin convertir nuestra historia completa en un fracaso.

Inteligencia y humildad intelectual no son lo mismo

La inteligencia puede ayudarnos a producir razones.

La humildad intelectual nos obliga a recordar que nuestras propias razones también necesitan ser examinadas.

Y esto importa especialmente cuando hablamos de religión, política, ideología o cualquier identidad profunda.

Dividir el mundo entre personas inteligentes que “ya entendieron” y personas irracionales que todavía no lo hicieron reproduce precisamente uno de los errores que estamos intentando analizar.

Yo fui creyente.

Defendí ideas que hoy ya no defiendo.

Eso no significa que antes fuera incapaz de pensar y que un día mágicamente me volviera racional.

Cambió algo más importante:

empecé a permitir que algunas preguntas tuvieran respuestas que antes eran demasiado costosas para considerar.

Y seguramente todavía existen ideas sobre las que sigo haciendo exactamente lo contrario.

Por eso esta reflexión no funciona bien como arma contra “los creyentes”.

Funciona mejor como espejo.

Ser capaz de defender una creencia no es lo mismo que haber descubierto por qué deberíamos creerla.

Fuentes y lecturas


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Respuestas

  1. Avatar de Cuando dudar se convierte en culpa: cómo una pregunta puede volverse un problema moral – DESPUÉS DE LA CERTEZA

    […] Sin embargo, cuando intentaba aplicar exactamente el mismo método a mis propias creencias, aparecía otra categoría moral: orgullo, falta de fe, deslealtad, exposición a material peligroso. Es un ejemplo de algo que también ocurre cuando usamos nuestra inteligencia para defender una conclusión en lugar de ponerla realmente a prueba. […]

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  2. Avatar de La pregunta que pone a prueba cualquier certeza: ¿qué evidencia me haría cambiar de opinión? – DESPUÉS DE LA CERTEZA

    […] Durante mucho tiempo había investigado principalmente para comprender por qué mi religión tenía razón. Poco a poco empecé a permitirme otra posibilidad: que una pregunta honesta pudiera llevarme a una respuesta que yo no quería. Era exactamente la diferencia entre usar nuestra capacidad para defender una conclusión o utilizarla para investigar. […]

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