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¿Qué significa ser PIMO? Vivir entre lo que piensas y lo que todavía no puedes decir

Hay etapas en las que una persona ya no cree como antes, pero su vida exterior todavía parece exactamente la misma.

Asiste. Participa. Responde mensajes. Mantiene rutinas. Quizá incluso conserva responsabilidades religiosas.

Por dentro, sin embargo, algo cambió.

Las respuestas que antes daban seguridad ya no convencen. Algunas doctrinas empiezan a resultar difíciles de defender. Y decir en voz alta lo que realmente se piensa puede tener consecuencias que van mucho más allá de una discusión sobre religión.

En comunidades de Testigos de Jehová, mormones y otros entornos religiosos donde algunas personas atraviesan crisis de fe, se utiliza con frecuencia una sigla para describir esta situación:

PIMO.

Viene del inglés Physically In, Mentally Out: físicamente dentro, mentalmente fuera.

No es un diagnóstico psicológico ni una categoría oficial de ninguna religión. Es una forma informal de ponerle nombre a una experiencia: seguir perteneciendo externamente a una comunidad mientras, en privado, las convicciones que sostenían esa pertenencia han cambiado profundamente.

PIMO no significa simplemente “tener dudas”

Una persona puede tener dudas y seguir creyendo que su religión es verdadera.

Puede cuestionar una doctrina específica y continuar sintiéndose plenamente parte de la comunidad.

En algunos de estos espacios también aparece la sigla PIMQ —Physically In, Mentally Questioning— para describir a quien todavía está dentro pero ha comenzado a cuestionar seriamente sus creencias.

PIMO suele describir un punto diferente.

La distancia entre lo que una persona cree en privado y la identidad que todavía mantiene públicamente se ha vuelto mucho mayor.

Ya no se trata solamente de:

“Hay algo que no entiendo”.

Puede acercarse más a:

“Ya no creo que esto sea cierto, pero todavía no sé qué hacer con todo lo que depende de ello”.

Y ahí empieza una experiencia mucho más compleja.

Yo también viví ese espacio intermedio

En mi caso, no hubo un día perfectamente definido en el que despertara creyendo una cosa y me acostara creyendo otra.

Fue un proceso.

Hubo momentos en los que todavía quería creer. Otros en los que cuestionaba cada vez más. Y después llegaron momentos en los que, internamente, ya no podía sostener muchas de las respuestas de antes, aunque externamente mi vida todavía no pudiera cambiar a la misma velocidad.

Eso producía una sensación extraña: mi mente avanzaba mientras una parte de mi vida seguía detenida en el mismo lugar.

Podía leer otras ideas, descubrir otras formas de entender el mundo y reconocer cosas que antes no me habría permitido pensar.

Pero después seguía existiendo una familia, una congregación, una historia y personas que me importaban.

Cambiar de opinión resultó mucho más rápido que reorganizar una vida entera alrededor de ese cambio. Durante un tiempo ya no podía creer como antes, pero tampoco sabía todavía cómo salir.

Esa etapa terminó convirtiéndose en una parte importante de la historia que cuento en La religión que amé. Pero antes de ponerla en palabras, simplemente se sentía como vivir atrapado entre dos versiones de mi propia vida.

UNA IMAGEN

Dos habitaciones

Imagina que vives entre dos habitaciones. En una puedes pensar con libertad. Leer. Cuestionar. Reconocer lo que realmente crees.

En la otra están personas que amas y una parte importante de tu historia, pero ciertas cosas no pueden decirse sin que algo cambie.

El agotamiento no proviene solamente de estar en una habitación u otra.

Proviene de cruzar constantemente la puerta y recordar qué versión de ti puede hablar en cada lado.

Esa es una de las mejores formas que encuentro para explicar la experiencia PIMO a alguien que nunca ha vivido algo parecido.

“Si ya no crees, ¿por qué no te vas?”

Desde fuera parece una pregunta perfectamente lógica.

Y en cierto sentido lo es.

Si ya no estás de acuerdo con una organización, ¿por qué continuar dentro?

El problema es que la pregunta supone que pertenecer a una religión consiste solamente en aceptar ciertas doctrinas.

Para muchas personas no es así.

Una comunidad religiosa puede contener también familia, matrimonio, amistades, rutina, vivienda, reputación, trabajo, identidad, historia personal y una visión compartida del futuro.

Entonces salir no significa simplemente dejar de asistir un martes.

Puede significar alterar muchas cosas simultáneamente.

En aquella etapa empecé a entender algo que después terminaría ocupando un lugar importante en La religión que amé: el silencio no siempre es cobardía. A veces también puede ser estrategia.

Puede significar ganar tiempo, preparar independencia, procesar lo que estás viviendo o simplemente evitar tomar una decisión enorme desde el miedo.

Y creo que eso merece decirse porque desde fuera existe una tentación muy fácil:

juzgar una decisión cuyo precio no tendremos que pagar nosotros.

El silencio puede protegerte… y también desgastarte

Aquí aparece una contradicción.

Callar puede darte tiempo.

Pero también puede acostumbrarte a esconderte.

Empiezas a medir las palabras.

Piensas antes de responder preguntas que antes habrían sido normales.

Quizá evitas determinados temas.

Tal vez una conversación familiar aparentemente sencilla se convierte en un pequeño ejercicio de cálculo:

¿Cuánto puedo decir?

¿Qué ocurriría si digo lo que realmente pienso?

¿Estoy siendo prudente o simplemente tengo miedo?

No siempre existe una respuesta limpia.

Yo llegué a sentirlo como otra clase de “doble vida”. No necesariamente la hipocresía moral con la que esa expresión suele asociarse dentro de ciertos ambientes religiosos, sino algo más silencioso: intentar construir una identidad propia mientras todavía interpretas parte del personaje que los demás conocen.

A veces esa separación protege.

A veces desgasta.

Con frecuencia hace las dos cosas.

Un caso práctico

Imagina a alguien que ya no acepta una doctrina central de su religión.

Su pareja sigue creyendo.

Sus padres también.

Sus amigos más cercanos pertenecen a la misma comunidad.

Además, todavía depende económicamente de su familia.

Podríamos decirle:

“Sé auténtico. Diles todo y vete”.

Suena valiente.

Pero nosotros no tendremos que dormir esa noche en su casa.

No tendremos que afrontar su situación económica.

No tendremos que reconstruir sus relaciones.

No tendremos que vivir las consecuencias.

Quizá para esa persona una salida gradual sea más responsable que una ruptura inmediata.

Otra persona tendrá circunstancias completamente diferentes.

Por eso PIMO describe una situación; no prescribe una solución.

El riesgo de convertir PIMO en otra identidad

La palabra puede resultar enormemente útil cuando descubres que aquello que te ocurre también le ha ocurrido a otras personas.

Ponerle nombre a una experiencia reduce parte del aislamiento.

Pero la etiqueta también tiene límites.

Ser PIMO no tiene por qué convertirse en una nueva identidad permanente.

Algunas personas finalmente abandonan su religión.

Otras se alejan gradualmente.

Algunas reconstruyen su espiritualidad de otra manera.

Otras dejan de creer en Dios.

Y otras pueden incluso revisar nuevamente algunas de sus conclusiones.

No existe un guion obligatorio.

La utilidad de la palabra está en describir la tensión, no en decirte quién tienes que convertirte después.

Qué puede ayudar mientras vives entre dos mundos

Si alguien está atravesando esta etapa, hay algunas preguntas más útiles que simplemente “¿por qué no te vas?”:

  1. ¿Qué consecuencias reales tendría que otras personas supieran hoy exactamente lo que pienso?
  2. ¿De qué dependo actualmente: vivienda, dinero, trabajo, familia?
  3. ¿Estoy construyendo relaciones y una identidad fuera de una sola comunidad?
  4. ¿Con quién puedo hablar sin ponerme innecesariamente en riesgo?
  5. ¿Estoy utilizando el tiempo para prepararme o simplemente postergando indefinidamente una decisión que sé que necesito afrontar?

Esta última pregunta es importante.

Porque el silencio puede ser un puente.

Pero un puente está hecho para llevarte a algún lugar.

Ser PIMO es una descripción, no un destino

La experiencia PIMO revela algo que solemos olvidar cuando hablamos sobre cambiar de opinión:

las ideas viven dentro de relaciones reales.

Una conclusión intelectual puede cambiar en una tarde.

La identidad, la familia, las amistades y la vida construida alrededor de esa conclusión pueden necesitar mucho más tiempo.

Comprender esa diferencia no resuelve automáticamente qué hacer.

Pero permite formular una pregunta más humana.

En lugar de:

“Si ya no cree, ¿por qué no se va?”

podríamos preguntar:

“¿Qué tendría que perder esa persona para poder vivir públicamente como ya piensa en privado?”

La respuesta puede explicar muchísimo.

No siempre podemos vivir inmediatamente como pensamos. Pero entender la distancia entre ambas cosas puede ser el primer paso para decidir qué hacer con ella.

Fuente y lectura


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Respuestas

  1. Avatar de Por qué perder la fe puede parecerse a un duelo – DESPUÉS DE LA CERTEZA

    […] hablamos de lo agotador que puede ser sostener una identidad exterior distinta de la interior. Y en ¿Qué significa ser PIMO? exploramos por qué una persona puede permanecer físicamente dentro de una comunidad aunque sus […]

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  2. Avatar de ¿Quién soy si ya no soy quien me enseñaron que debía ser? – DESPUÉS DE LA CERTEZA

    […] internamente en el mismo “nosotros”. Esa distancia aparece de forma muy clara en la experiencia PIMO: físicamente dentro, mentalmente […]

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